Jorge Omar Calabrese - Baúl de Lecturas - Poesías - Textos

2006, 7 December

Carta del padre a su pequeño hijo

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Mi muy querido y amado hijo:

Era una mañana como cualquier otra. Yo, como siempre, me hallaba de mal humor. Me molesté porque estabas tardando demasiado en desayunar, te grité porque no parabas de jugar con los cubiertos y te reprendí porque masticabas con la boca abierta.

Comenzaste a refunfuñar y entonces derramaste la leche sobre tu ropa. Furioso te volví a regañar y te empujé para que fueras a cambiarte de inmediato. Camino a la escuela no hablaste. Sentado en el asiento del auto llevabas la mirada perdida. Te despediste de mi tímidamente y yo sólo te advertí que no te portaras mal.

Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho trabajo, te encontré jugando en el jardín. Llevabas puestos tus pantalones nuevos y estabas sucio y mojado. Frente a tus amiguitos te dije que debías cuidar la ropa y los zapatos; que parecía no interesarte mucho el sacrificio de tus padres para vestirte. Te hice entrar a la casa para que te cambiaras de ropa y mientras marchabas delante de mi te indiqué que caminaras erguido.

Más tarde continuaste haciendo ruido y corriendo por toda la casa. A la hora de cenar arrojé la servilleta sobre la mesa y me puse de pie furioso porque no parabas de jugar. Con un golpe sobre la mesa grité que no soportaba más ese escándalo y subí a mi cuarto.

Al poco rato mi ira comenzó a apagarse. Me di cuenta de que había xagerado mi postura y tuve el deseo de bajar para darte una caricia, pero no pude. ¿Cómo podía un padre, después de hacer tal escena de indignación, mostrarse sumiso y arrepentido?

Luego escuché unos golpecitos en la puerta. “Adelante”, dije, adivinando que eras tú. Abriste muy despacio y te detuviste indeciso en el umbral de la habitación. Te miré con seriedad y pregunté: “¿Te vas a dormir? ¿Vienes a despedirte?”

No contestaste. Caminaste lentamente con tus pequeños pasitos y sin que me lo esperara, aceleraste tu andar para echarte en mis brazos cariñosamente. Te abracé… y con un nudo en la garganta percibí la ligereza de tu delgado cuerpecito. Tus brazitos rodearon fuertemente mi cuello y me diste un beso
suavemente en la mejilla. Sentí que mi alma se quebrantaba.

- Hasta mañana papito - me dijiste.

Y entonces reflexioné…

¿Qué es lo que estaba haciendo? ¿Por qué me desesperaba tan fácilmente? Me había acostumbrado a tratarte como a una persona adulta, a exigirte como si fueras igual a mí y ciertamente no eras igual.

Tú tenias unas cualidades de las que yo carecía: eras legítimo, puro, bueno y, sobre todo, sabías demostrar amor.

¿Por qué me costaba tanto trabajo? ¿Por qué tenía el hábito de estar siempre enojado? ¿Qué es lo que me estaba aburriendo? Yo también fui niño. ¿Cuándo fue que comencé a contaminarme?

Después de un rato entré a tu habitación y encendí con cuidado una lámpara. Dormías profundamente. Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu boca entreabierta, tu frente húmeda, tu aspecto indefenso como el de un bebé.

Me incliné para rozar con mis labios tu mejilla, respiré tu aroma limpio y dulce. No pude contener el sollozo y cerré los ojos. Una de mis lágrimas cayó en tu piel. No te inmutaste. Me puse de rodillas y te pedí perdón en silencio. Te cubrí cuidadosamente con las cobijas y salí de la habitación.

Si Dios me escucha y te permite vivir muchos años, algún día sabrás que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojalá te des cuenta de que, pese a todos mis errores, te amo más que a mi vida.

Con enorme amor

Tu padre




CARTA DE UN PERRO A SU DUEÑO

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Ahora sos mi amo y sólo te pido amor. Decidiste hacerte cargo de mí y me siento agradecido por tu determinación. Existirá entre los dos un secreto pacto de confianza que jamás será quebrantado de mi parte.

Deberás comprenderme por algún tiempo; acabo de separarme de mi madre y de mis hermanos. Me notarás desorientado, inquieto y algunas noches me verás llorar. . .

Sí, los extraño, comprendeme; yo te comprenderé luego por muchos años.

Seré tu mejor amigo, entenderé tus cambios de humor, tus alegrías, tus días buenos y tus días malos, estaré a tu lado acompañándote en tu soledad y en tu tristeza y te trataré siempre con el mismo amor, con la misma lealtad.

Lameré la mano con que me castigues, porque mi capacidad de perdonar es infinita. Pero no me castigues, enseñame. Desconozco los detalles que pueden irritarte y deseo complacerte en todo.

Deseo también que te sientas orgulloso de mí cuando me veas echado a tus pies, cuando camine a tu lado por la calle como tu sombra más fiel. Quiero responder a ese ideal de perro que tanto anhelás, pero depende de vos: seré reflejo de tu modo de educarme y de tratarme.

Ayudame a no defraudarte. Si me tratás con violencia. . . seré agresivo. Hablame, entiendo cada una de tus palabras, aunque no te conteste con el mismo lenguaje. Aprendé a leer mis ojos y comprenderás cuánto te entiendo; sé que sos una buena persona. ¿Qué pensás de aquellos que no aman a los animales?

Estoy seguro de que me cuidarás con amor. Sos mi amo. Poco a poco nos haremos grandes amigos, nos conoceremos y nos respetaremos por igual. Mirá. . . cuando el primer hombre apareció en la tierra, el resto de los animales creía que era otro animal, sín embargo, tenía “alma”. Meditá sobre esto.

El hombre manifiesta su alma a través del lenguaje, nosotros mediante nuestros actos. No olvides nunca mi amo, que te amo a mi manera. Durante varios años estaré junto a vos, creceremos juntos, compartiremos tantas y tantas cosas , y el día que me vaya a vivir a alguna estrella, mirá el cielo con frecuencia, porque siempre estaré mirándote.

Pero deseo decirte algo: no dejes mi cucha vacía, hay otro cachorro esperándote y al cual llegarás a amar tanto como a mí. No quiero dejar en mi testamento una cucha vacía. Pero no pensemos en ese día; haceme una caricia y jugá un rato conmigo. Tenemos muchos años por delante para ser felices.

Te acompaña, te cuida, te comprende y te ama. . .

Tuyo

Tu perro




Cuatro formas de tolerancia del Maestro Hsing Yun

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La mayor fuerza de la humanidad no consiste en armas de fuego, puños, ni en un poderío militar, sino en la capacidad de tolerancia. Todo tipo de fuerza debe inclinarse delante de quien tolera. Hay cuatro principios para la tolerancia:

1. No responder a las blasfemias

Cuando somos insultados, provocados o acusados injustamente debemos responder con el silencio. Si respondemos de la misma forma cuando somos víctimas de la blasfemia, nos igualamos con aquellos que nos insultan, rebajando nuestro nivel. Si nos mantenemos en silencio usándolo como arma contra las blasfemias, evocando la conciencia de quien las pronunció, esta fuerza es, naturalmente, mayor.

2. Mantenerse calmo frente a los infortunios

Cuando nos encontramos con personas que nos quieren incomodar derrumbar u oprimir, debemos enfrentarlas con calma, evitando cualquier confrontación. No responder con un puñetazo cuando se recibe uno, ni responder con un puntapié cuando se recibe otro, pues de esta confrontación nadie sale vencedor. Si la intención es buscar venganza de un odio momentáneo, no alcanzará el éxito de grandes hazañas.

3. Compasión frente a la envidia y el odio

Frente a la envidia y el odio de otros no debemos responder igualmente con odio y envidia, sino con corazón abierto y alma compasiva, ofrecer nuestra amistad y mostrarles nuestra intención pacífica, demostrando así, con educación, nuestra superioridad.

4. Gratitud frente a las difamaciones

Si alguien lo insulta y difama, no se enoje con quien lo provocó, sino acuérdese de los beneficios que esa persona le proporcionó en el pasado y sea agradecido por eso. Principalmente, no se olvide de que en el fango más inmundo crece la impecable flor de loto. Cuanto más oscuro es el lugar, mayor es la necesidad de mantener encendida la luz del alma. Por lo tanto, ante las difamaciones, aquellos que nos difaman deben ser influenciados con ética, compasión y misericordia; solamente así la superaremos, con moralidad y tolerancia. El verdadero vencedor tiene la fuerza de la tolerancia y el coraje de asumirla frente a los insultos, opresiones.




LA MENTIRA DESCUBIERTA

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El Dr. Arun Gandhi, nieto de Mahatma Gandhi y fundador del instituto “Gandhi para la Vida Sin Violencia”, nos cuenta la siguiente historia como un ejemplo del arte de sus padres para vivir sin violencia:

Yo tenía 16 años y vivía con mis padres en el instituto que mi abuelo había fundado a más de 25 kilómetros de la ciudad de Durban (Sudáfrica), en medio de plantaciones de azúcar.

Viviamos en el interior del país, lejos de grandes ciudades, por lo tanto a mis dos hermanas y a mí, siempre nos entusiasmaba poder ir a la ciudad a visitar amigos o al cine. Así fué que un día mi padre me pidió que lo llevara a la ciudad para asistir a una conferencia que duraría varias horas y no desaproveché esa oportunidad. Mi madre me dio una lista de compra y, como iba a pasar todo el día en la ciudad, mi padre me solicitó que me hiciera cargo de algunas cuestiones pendientes, como por ej. llevar el auto al taller.

- ¡Nos vemos aquí a las 5 de la tarde y volvemos a casa juntos! - dijo mi padre cuando nos despedimos.

Después de completar rápidamente todos los encargos, me fui hasta el cine más cercano. Me concentré tanto en la película, que me olvidé del tiempo. Eran las 5 y media de la tarde cuando me acordé. Corrí al taller, conseguí el coche y me apuré para llegar hasta donde estaba esperándome mi padre. Eran casi las 6.

- Hijo ¿por qué llegás tarde? - me preguntó con cierto malestar.

Me sentía mal por eso y no podía decirle que estaba viendo una película; entonces apelé a la mentira yrespondí que el auto no estaba listo y tuve que esperar, lo dije sin saber que mi padre ya había llamado al taller y sabía en ese mismo momento que yo le estaba mientiendo. Entonces muy calmo y sereno me dijo:

- Hijo, algo no anda bien en la manera en que te he criado, ya que no te he dado la confianza necesaria para decirme la verdad. Voy a reflexionar que es lo que hice mal con vos. Voy a caminar los 25 kilómetros hasta casa y a pensar sobre esto.

Dicho esto, así que vestido con su traje y sus zapatos elegantes, empezó a caminar por caminos que no estaban ni pavimentados ni alumbrados. ¡No podía dejarlo solo… ! De modo que manejé cinco horas y media, siempre detrás de él… viendo a mi padre sufrir la agonía de una tonta e inadecuada mentira que yo había dicho. Y ese día, decidí que nunca más iba a mentir.

Muchas veces me acuerdo de este episodio y pienso… si me hubiese castigado de la manera habitual en que lo hacemos con nuestros hijos, ¿hubiese aprendido la lección? ¡No lo creo! Pero esta acción de no violencia fue tan fuerte, tan explícita, que la tengo impresa en la memoria para el resto de mi vida, como si fuera ayer.




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