Jorge Omar Calabrese - Baúl de Lecturas - Poesías - Textos

2007, 11 January

¡Échale ganas a la vida!

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La vida es más grande o más pequeña, según las ganas que le eches y el amor que le pongas. Tiene una forma u otra, según la limes, la moldees y la vayas amasando.

Los frutos no son los mismos para todos: cada uno nace con la semilla que debe desarrollar… cultivarla bien lleva al éxito.

No envidies la de nadie, porque en todas se puede dar anchura, espacio y plenitud. En todos los campos hay malas hierbas, sequías, tramos pedregosos, arenosos, inseguros, pero en ninguna falta un rocío diario, un sol que caliente y una lluvia que nutra.

Dios te saca del apuro…sólo necesitas echarle… ¡ganas!

Cuando uno hace lo que le gusta, sólo cuenta el avance, no las horas que le dedica; sólo cuenta que su objetivo va cuajando, no el esfuerzo y el tiempo que entrego en él; sólo cuenta la semilla que lleva dentro para desarrollar, no la clase de árbol que se le ha destinado.

Cuando te gusta lo que haces, no percibes el tránsito del tiempo, que siempre te parece corto, ni el vuelo de las horas, que siempre parecen bien empleadas. Casi siempre soñamos ser lo que no llegaremos a ser nunca, pero en medio está el motor de la esperanza que nos impulsa y el aliciente que nos aguijonea la vida.

Debes saber penetrar con ojo de águila en la realidad que te rodea y a la vez saber volar sobre ella y mirar desde arriba dónde debes posarte.

¡Échale ganas a la vida! … aunque algunos miren más la huella de tus fracasos, que la excelencia de tus logros.

Te encontrarás que la vida se cansa de presentar los mismos hombres y los mismos acontecimientos, pero nosotros nunca acabamos de entender. Parece que sólo se aprende en la derrota, se adquiere sabiduría en las guerras perdidas y habilidad en la realidad y los escollos.

¡Échale ganas a la vida! …aunque no sea fácil, y a veces parezca que nada puedes conseguir y nada vale la pena.

¡Vive tus sentimientos, expresa tu verdad, despójate de prejuicios, asimila los hechos y adórnalo todo con la imaginación!

Ordena tu ideas, aléjate del pensamiento que te tortura y de los lastres que te hunden, desecha todo eso que le roba belleza a la vida. Mírate como en el fondo de un estanque y líbrate de tu propia basura.

El alma se limpia con amor, la vida se endereza rectificando y uno se hace hombre tocando el alma de las cosas.

No le busques a la vida metas definitivas, porque todo es evolutivo, transformable, susceptible de mejoría.

¡Échale ganas a la vida! …y corre sobre ella como si llevaras la fuerza en los estribos, la acción en las manos, la convicción en la frente y el fuego en el corazón.

Pon a calentar tu vida, pero …¡echándole ganas! ¡Vive!…¡Ama!




DOS AMIGOS

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Dos amigos viajaban por el desierto. En un determinado punto del viaje discutieron, y uno de ellos ofendió al otro con palabras de desprecio. Éste, dolido, escribió en la arena:

- Hoy, mi mejor amigo, me ha ofendido.

Siguieron adelante, y llegaron a un oasis donde decidieron bañarse. El que había sido ofendido comenzó a ahogarse, siendo salvado por su amigo. Al recuperarse, tomó un cuchillo y escribió en una piedra:

- Hoy, mi mejor amigo, me salvó la vida.

Intrigado, el amigo preguntó:

- ¿Por qué, después que te ofendí, escribiste lo que sentías en la arena, y ahora, lo escribes en una piedra?

Y el amigo respondió:

- Cuando un gran amigo te ofende, cuando nos enfrentamos por asuntos que no tienen mayor importancia, es mejor escribirlos en la arena, donde el viento del olvido y del perdón se encargarán de borrarlo para siempre. Pero cuando algo grandioso pasa, cuando una persona te brinda su ayuda y arriesga todo por ti, debemos grabarlo en la piedra, donde ni el viento, ni la lluvia, ni el tiempo, jamás podrán borrarlo.

Es un mensaje para hacernos mejor




¿Dónde quedó lo que aprendí de mis padres?

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Somos las primeras generaciones de padres decididos a no repetir con los hijos los errores de nuestros progenitores. Y en el esfuerzo de abolir los abusos del pasado, somos los padres más dedicados y comprensivos pero a la vez, los más débiles e inseguros que ha dado la historia.

Lo grave, es que estamos lidiando con unos niños más “igualados”, beligerantes y poderosos que nunca. Parece que en nuestro intento por ser los padres que quisimos tener, pasamos de un extremo al otro. Así, somos la última generación de hijos que obedecieron a sus padres y la primera generación de padres que obedecen a sus hijos. Los últimos que le tuvimos miedo a los padres y los primeros que les tememos a los hijos. Los últimos que crecimos bajo el mando de los padres y los primeros que vivimos bajo el yugo de los hijos. Lo que es peor, los últimos que respetamos a nuestros padres, y los primeros que aceptamos que nuestros hijos nos falten al respeto.

En la medida que el permisivismo reemplazó a la autoridad, los términos de las relaciones familiares han cambiado en forma radical, para bien y para mal. En efecto, antes se consideraban buenos padres a aquellos cuyos hijos se comportaban bien, obedecían sus órdenes y los trataban con el debido respeto. Y buenos hijos a los niños que eran formales y veneraban a sus padres. Pero en la medida en que las fronteras jerárquicas entre nosotros y nuestros niños se han ido desvaneciendo, hoy los buenos padres son aquellos que logran que sus hijos los amen, aunque poco los respeten. Y son los hijos quienes ahora esperan respeto de sus padres, entendiendo por tal que les respeten sus ideas, sus gustos, sus apetencias y su forma de actuar y de vivir. Y que además les patrocinen lo que necesitan para tal fin.

Como quien dice, los roles se invirtieron y ahora son los papás quienes tienen que complacer a sus hijos para ganárselos y no a la inversa, como en el pasado. Esto explica el esfuerzo que hacen hoy tantos papás y mamás por ser los mejores amigos y parecerles “a todo dar” a sus hijos.

Se ha dicho que los extremos se tocan. Y si la autoridad del pasado llenó a los hijos de temor hacia sus padres, la debilidad del presente los llena de miedo y menosprecio al vernos tan débiles y perdidos como ellos.

Los hijos necesitan percibir que durante la niñez estamos a la cabeza de sus vidas como líderes capaces de sujetarlos cuando no se pueden contener y de guiarlos mientras no saben para dónde van. Si bien el autoridad aplasta, el permisivismo ahoga.

Sólo una actitud firme y respetuosa les permitirá confiar en nuestra idoneidad para gobernar sus vidas mientras sean menores, porque vamos adelante liderándolos y no atrás cargándolos y rendidos a su voluntad.

Es así como evitaremos que las nuevas generaciones se ahoguen en el descontrol y hastío en el que se está hundiendo una sociedad que parece ir a la deriva, sin parámetros ni destino. Recordemos que los límites ubican al individuo.




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