Frase
“Fé, es creer en lo que no vemos, y el premio de ésta fé, es ver aquello en que creemos.”
De todas las aventuras de mi vida, tal vez la más emocionante es aquella que me ocurrió hace diecisiete años en la plaza romana de San Pedro.
La tarde anterior un sacerdote amigo me había llamado para preguntarme si estaría ocupado la mañana siguiente. Era domingo y le dije que no. “¿Podría entonces, hacerle un favor a un amigo mío que quería que alguien le mostrase la basílica de San Pedro?”. Le dije que sí… Pero mi amigo insistió con un tono cargado de misterio: “Éste es un turista muy especial”.
- ¿Algún personaje? - pregunté.
- No.Es un ciego - dijo la voz del otro lado del teléfono. Y aprovechando mi desconcierto añadió - Quiere “ver” la basílica y yo he pensado que nadie mejor que tú se la podría hacer ver a través de tus ojos.
¿Sería yo capaz de hacerlo? ¿Cómo explicarle y describirle a un ciego las naves y columnas, las cúpulas y retablos? - Las sorpresas comenzaron cuando Lorenzo - que así se llamaba - descendió del autobús en la plaza vaticana. Tendría aproximadamente veinticinco años, pero parecía más joven de edad.
- ¿Has venido sólo en autobús?
Él sonrió con sus ojos apagados y dijo:
- Estoy acostumbrado a ir solo por Los Ángeles, la ciudad donde vivo.
- ¿Pero, y cómo te orientas? ¿Con radar?
- No - siguió riendo - No tengo ningún radar. A veces tropiezo, como todos los ciegos, pero soy ágil y no suelo caerme. Y si me caigo, no me voy a enojar por eso. También los videntes tropiezan… ¿no? Lo más grave que me puede ocurrir es que me choque con una pared. Pero eso me hace gracia. Tal vez sí, tengo un radar: la alegría y la decisión de hacer las cosas lo mejor que puedo.
Le pedí que nos sentáramos un rato antes de “ver” la basílica, y allí, en la plaza, Lorenzo me contó que estaba ciego desde los once años, que al perder la luz, vivió mucho tiempo en una terrible agonía hasta que descubrió que dentro suyo tenía un corazón, y que eso le bastaba para ser feliz.
También me explicó que a veces, al lanzarse solo por las calles, se perdía y terminaba en el lugar opuesto al que se dirigía. Al principio esto le daba miedo. Luego comprendió que tampoco importaba, porque en ese nuevo lugar, siempre encontraba alguien que lo ayudaba, alguien de quien podía hacerse amigo. “Porque todos los hombres son buenos“, aseguró como si formulase un dogma.
- Sabes que eso no es cierto - le respondí.
- Quien no lo sabes eres tú - sonrió de nuevo - Hay que ser ciego para saber que la humanidad es buena. A veces un poco loca, porque hace falta estar loco para ser malo.
Lorenzo siguió hablando durante muchísimo tiempo sin que yo me atreviese a interrumpirlo. Me explicó cómo había aprendido a tocar la guitarra, cómo había logrado concluir sus estudios de intérprete de inglés, cómo cada verano se iba con sus ahorros a “ver” un nuevo país.
- Tengo a veces problemas - decía - Pero ya sé que en la vida todo se arregla - Este pensamiento resumía toda su filosofía sobre la fe y la condición humana.
- Para entenderse con los desconocidos basta un profundo interés por la vida y la personalidad de los otros. Basta con no tener miedo y admitir la necesidad que todos tenemos, los unos de los otros. Yo de ellos, ellos de mí. Porque todos están ciegos de algo.
Esta última frase me golpeó… Yo también estaba algo ciego de corazón, de falta de fe en la condición humana, ciego de cobardía.
Pero Lorenzo no me dejó mucho tiempo para pensar:
- Ahora - dijo tomando mi mano - Muéstrame la basílica - Y como notó mi pulso agitado, me dijo - Se diría que soy yo quien te conduce a ti.
Era verdad. Me dejé conducir por su alegría y me zambullí en aquella plaza que visitaba todos los días, pero que de alguna manera pisaba por primera vez. C on los ojos cerrados, tratando de imaginarme cómo él la “vería”, fui explicando la fuga de las columnas, el mármol de las estatuas, la geometría de la fachada, la luz flotante de la cúpula… Al hacerlo, me di cuenta de que estaba hablando desde otro lugar, desde mi templo interior, que jamás Miguel Ángel podría haber imaginado algo tan hermoso como la Piedad que esculpió en ese mármol, algo que yo podía hacer “ver” y hacer “sentir” como una muestra suprema de amor y entrega.
Cuando volví a abrir los ojos, sentí que todas las personas a mi alrededor estaban como ciegas: que no podían apreciar la belleza que los rodeaba, que no podían guardar silencio, personas que miraban todo sin observar nada, que veían la vida con los ojos pero no con el alma.
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