Frase
“Se puede engañar a ciertas personas, todo el tiempo.
Se puede engañar a todas las personas, durante cierto tiempo.
Pero no se puede engañar a todas las personas, todo el tiempo.”
Abraham Lincoln
“Se puede engañar a ciertas personas, todo el tiempo.
Se puede engañar a todas las personas, durante cierto tiempo.
Pero no se puede engañar a todas las personas, todo el tiempo.”
Abraham Lincoln
Dos amigos marineros viajaban en un buque carguero por todo el mundo, y andaban todo el tiempo juntos. Así que, esperaban la llegada a cada puerto para bajar a tierra, encontrarse con mujeres, beber y divertirse.
Un día llegan a una isla perdida en el Pacífico, desembarcan y se van al pueblo para aprovechar las pocas horas que iban a permanecer en tierra.
En el camino se cruzan con una mujer que está arrodillada en un pequeño río lavando ropa. Uno de ellos se detiene y le dice al otro que lo espere, que quiere conocer y conversar con esa mujer. El amigo, al verla y notar que esa mujer no es nada del otro mundo, le dice que para qué, si en el pueblo seguramente iban a encontrar chicas más lindas, más dispuestas y divertidas.
Sin embargo, sin escucharlo, el primero se acerca a la mujer y comienza a hablarle y preguntarle sobre su vida y sus costumbres. Cómo se llama, qué es lo que hace, cuantos años tiene, si puede acompañarlo a caminar por la isla. La mujer escucha cada pregunta sin responder ni dejar de lavar la ropa, hasta que finalmente le dice al marinero que las costumbres del lugar le impiden hablar con un hombre, salvo que este manifieste la intención de casarse con ella, y en ese caso debe hablar primero con su padre, que es el jefe o patriarca del pueblo.
El hombre la mira y le dice:
- Está bien. Llévame ante tu padre. Quiero casarme con vos.
El amigo, cuando escucha esto, no lo puede creer. Piensa que es una broma, un truco de su amigo para entablar relación con esa mujer. Y le dice:
- ¿Para qué tanto lío? Hay un montón de mujeres más lindas en el pueblo. ¿Para qué tomarse tanto trabajo?
- No es una broma. Me quiero casar con ella. Quiero ver a su padre para pedir su mano.
- ¿Vos estás loco? ¿Qué le viste? ¿Qué te pasó? ¿Seguro que no tomaste nada?
Pero el hombre, como si no escuchase a su amigo, siguió a la mujer hasta el encuentro con el patriarca de la aldea. El hombre le explica que habían llegado recién a esa isla, y que le venía a manifestar su interés de casarse con una de sus hijas. El jefe de la tribu lo escucha y le dice que en esa aldea la costumbre era pagar una dote por la mujer que se elegía para casarse. Le explica que tiene varias hijas, y que el valor de la dote varía según las bondades de cada una de ellas, por las más hermosas y más jóvenes se debía pagar 9 tesoros, las había no tan hermosas y jóvenes, pero que eran excelentes cuidando los niños, que costaban 8 tesoros, y así disminuía el valor de la dote al tener menos virtudes.
El marino le explica que entre las mujeres de la tribu había elegido a una que vió lavando ropa en un arroyo, y el jefe le dice que esa mujer, por no ser tan agraciada, le podría costar un tesoro.
- Está bien - espondió el hombre - me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve tesoros.
- Ud. no entiende. La mujer que eligió cuesta un tesoro, mis otras hijas, más jóvenes, cuestan nueve tesoros - replicó el padre.
- Entiendo muy bien - respondió nuevamente el hombre - me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve tesoros.
Ante la insistencia del hombre, el padre, pensando que siempre aparece un loco, aceptó y de inmediato comenzaron los preparativos para la boda, que iba a realizarse lo antes posible. El marinero amigo no lo podía creer. Pensó que el hombre había enloquecido de repente, que se había enfermado, que se había contagiado una rara fiebre tropical. No aceptaba que una amistad de tantos años se iba a terminar en unas pocas horas. Que él partiría y su mejor amigo se quedaría en una perdida islita de Pacífico.
Finalmente, la ceremonia se realizó, el hombre se casó con la mujer nativa, su amigo fue testigo de la boda y a la mañana siguiente, partió en el barco, dejando en esa isla a su amigo de toda la vida.
El tiempo pasó, el marinero siguió recorriendo mares y puertos a bordo de los barcos cargueros más diversos y siempre recordaba a su amigo y se preguntaba: ¿qué estaría haciendo? ¿cómo sería su vida? ¿viviría aún?
Un día, el itinerario de un viaje lo llevó al mismo puerto donde años atrás se había despedido de su amigo. Estaba ansioso por saber de él, por verlo, abrazarlo, conversar y saber de su vida. Así es que, en cuanto el barco amarró, saltó al muelle y comenzó a caminar apurado hacia el pueblo. ¿Donde estaría su amigo? ¿Seguiría en la isla? ¿Se habría acostumbrado a esa vida o tal vez se habría ido en otro barco?
De camino al pueblo, se cruzó con un grupo de gente que venía caminando por la playa, en un espectáculo magnífico. Entre todos, llevaban en alto y sentada en una silla a una mujer bellísima. Todos cantaban hermosas canciones y obsequiaban flores a la mujer y esta los retribuía con pétalos y guirnaldas. El marinero se quedó quieto, parado en el camino hasta que el cortejo se perdió de su vista. Luego, retomó su senda en busca de su amigo.
Al poco tiempo, lo encontró. Se saludaron y abrazaron como lo hacen dos buenos amigos que no se ven durante mucho tiempo. El marinero no paraba de preguntar:
- ¿Y cómo te fue? ¿Te acostumbraste a vivir aquí? ¿Te gusta esta vida? ¿No quieres volver? - y finalmente se anima y le pregunta - ¿Y como está tu esposa?
- Muy bien, espléndida. Es más, creo que la viste llevada en andas por un grupo de gente en la playa que festejaba su cumpleaños.
El marinero, al escuchar esto y recordando a la mujer insulsa que años atrás encontraron lavando ropa, pregunto:
- Entonces, ¿te separaste? No es misma mujer que yo conocí ¿no es cierto?.
- Si - dijo su amigo - es la misma mujer que encontramos lavando ropa hace años atrás.
- Pero, es muchísimo más hermosa, femenina y agradable, ¿cómo puede ser? - preguntó el marinero.
- Muy sencillo - respondió su amigo - me pidieron de dote un tesoro por ella, y ella creía que valía un tesoro. Pero yo pagué por ella nueve tesoros, ¡Todo lo que tenía! ¡Si me hubieran pedido mas tesoros, habría ido en su busca para luego regresar por ella! la traté y consideré siempre como una mujer por la que entregué toda mi riqueza. La amé con todo mi corazón y ella se transformó en una mujer de diez tesoros.
REFLEXION
Dicen que la mujer salió de la costilla del hombre, no de los pies para ser pisoteada, no de la cabeza para ser superior, sino del lado para ser igual, debajo del brazo para ser protegida, y junto del corazón para ser amada.
“Si encuentras un esclavo dormido, no lo despiertes; quizás esté soñando con la libertad.”
Khalil Gibran
Había una vez un huerto lleno de hortalizas, árboles frutales y toda clase de plantas, todo tenía mucha frescura y agrado. Por eso daba gusto sentarse a la sombra de cualquier árbol a contemplar todo aquel verdor y escuchar el canto de los pájaros.
Pero un día, empezaron a nacer unas “cebollas especiales”. Cada una tenía un color diferente: rojo, amarillo, azul, verde, los colores eran tan hermosos y deslumbrantes que sorprendían la atención de las personas que por ahí pasaban y lógicamente quisieron conocer el motivo de tan misterioso como maravillosos resplandor.
Luego de estudios, análisis e investigaciones llegaron a descubrir que cada cebolla tenía dentro, en el mismo corazón, una piedra preciosa. Es decir, una tenía una esmeralda, la otra un rubí, la otra un topacio, y así cada una de ellas… ¡Una verdadera maravilla!
No obstante por algun motivo no el todo claro y entendible, se lo interpretó como algo peligroso e intolerable; de tal modo que las bellísimas cebollas tuvieron que empezar a esconder su piedra preciosa e intima, y entonces crearon capas y más capas para cubrirla, para disimular cómo eran por dentro. Algunas cebollas llegaron a tener tantas capas que ya no se acordaban de lo hermoso que ocultaban debajo. Mientras que otras ya no recordaban por qué se habían puesto las primeras capas. El tiempo fué transcurriendo, y poco a poco fueron convirtiéndose en cebollas comunes, sin ese encanto especial que tenían.
Un día pasó por allí una niña que solía sentarse a la sombra del huerto, y con la inocencia de sus pocos años y el deseo de saber siempre un poco más, quiso descubrir lo que había en lo profundo de las cebollas y entender su lenguaje. Entonces, les fué preguntando cada cebolla:
- ¿Por qué no eres por fuera, lo hermosa que eres por dentro?
- Me obligaron a ser así. - iban respondiendo una y otra - me fueron poniendo capas. Yo misma me puse algunas capas para ocultar mi piedra preciosa, mi interior.
Ante esas respuestas, la niña entristeció y se le escaparona algunas lágrimas.
Y dice la historia, que desde entonces, todo el mundo llora, cuando una cebolla . . . . nos abre su corazón.
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