Jorge Omar Calabrese - Baúl de Lecturas - Poesías - Textos

2008, 13 August

Frase

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“De muchos pedazos de felicidad rota, se puede reconstruir una nueva dicha.”




Cómo contar nuestra vida por Sergio Sinay

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El mediodía de la vida o despues de los 40
por Sergio Sinay

El 9 de enero de 2004, a los 94 años, murió en Turín el filósofo italiano Norberto Bobbio, un apasionado y lúcido defensor de la democracia y la libertad, un humanista de ley. Ocho años antes había publicado una de sus últimas obras, De senectute, de las más hermosas y profundas reflexiones escritas sobre el envejecer y el cerrar, en conciencia y en paz, la propia vida. Allí escribe Bobbio: “De mi muerte pueden hablar solamente los otros. Yo puedo contar mi vida a través de mis recuerdos y de los recuerdos de quienes estuvieron cerca de mí. Puedo contarla hasta los últimos minutos. No puedo contar mi muerte. Sólo los otros pueden hacerlo“. Lo que sí podemos es imaginar cómo quisiéramos que los otros describiesen nuestra vida, después de contar nuestra muerte. Y, entonces, cabe preguntarnos: ¿qué estamos haciendo, hoy y aquí, con nuestros actos y elecciones, para que el relato imaginado sea posible? Descubriremos que, en definitiva, no hay más autor que cada uno de nosotros cuando se trata de narrar nuestras vidas.

Hacia los 40 años, en mitad del viaje existencial, solemos hacernos conscientes de que somos mortales. Las décadas anteriores nos tenían demasiado ocupados inaugurando experiencias y sensaciones, buscando un espacio vocacional y laboral o construyendo una familia propia. Absorbidos por todo eso, la vida parecía eterna. De pronto, estamos en el mediodía de la vida, como fue llamada la década de los cuarenta. Valiéndonos de esa metáfora, imaginemos un día cualquiera de la vida.

Lo usual es que la mañana esté inundada de urgencias, trámites, tareas, gestiones que deben cumplirse, sí o sí, antes del mediodía, muchas de ellas en lugares y ante personas que no esperan por nosotros. Hay poco espacio para la elección y la reflexión. El mediodía es implacable; no se corre. Además, hemos pasado durmiendo buena parte de esa primera mitad de la jornada (entre seis y ocho horas promedio). Es en la segunda mitad del día cuando, aunque queden cosas obligatorias, empiezan a aparecer las actividades elegidas (un café con un amigo, un curso, una charla distendida, una cena, un espectáculo o simplemente leer, reposar sin urgencias).

Así ocurre con la vida.

Nuestra conciencia apenas empieza a despertar hacia el final de la adolescencia, y en la “mañana” de la existencia nos esperan tareas obligatorias: estudiar, elegir una carrera u oficio, cumplir con expectativas sociales o familiares preestablecidas. Si nos quedamos dormidos en la mañana, deberemos correr el doble. En la primera parte del día, y de la vida, predominan urgencias y obligaciones.

A partir de la mitad, del mediodía, es el tiempo de las elecciones.
¿Estamos contentos con nuestra vida, con nuestros vínculos?
¿Qué aspectos esenciales de nosotros han quedado postergados hasta aquí?
Ahora que nuestro cuerpo, nuestro entorno y los hechos nos recuerdan la finitud, ¿qué haremos con nuestra vida (que, ahora sí, ya es nuestra) para percibir que adquiere sentido?
¿Seguirá, como la mañana, siendo tiempo de obligaciones, o nos encaminamos hacia un atardecer elegido?

La aparición de estas preguntas, que se manifiestan de diferentes maneras, se llama crisis de la mediana edad. La palabra crisis significa “tiempo de preguntas y elecciones”. Hay libros que pueden acompañarnos, según inquiere Lucas (como Las etapas críticas de la vida, de Rüdiger Dahlke; La crisis de la edad mediana, de Herman Schreiber, o La rueda de la vida, de Elisabeth Kübler Ross). Pero nos toca escribir el libro propio.

Fuente: La Nación revista domingo 10/08/2008
Con la autorización del autor




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“Lo importante es hacer algo por alguien.”




DOS AMIGOS

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Dos amigos viajaban por el desierto. En un determinado punto del viaje discutieron, y uno de ellos ofendió al otro con palabras de desprecio. Éste, dolido, escribió en la arena:

- Hoy, mi mejor amigo, me ha ofendido.

Siguieron adelante, y llegaron a un oasis donde decidieron bañarse. El que había sido ofendido comenzó a ahogarse, siendo salvado por su amigo. Al recuperarse, tomó un cuchillo y escribió en una piedra:

- Hoy, mi mejor amigo, me salvó la vida.

Intrigado, el amigo preguntó:

- ¿Por qué, después que te ofendí, escribiste lo que sentías en la arena, y ahora, lo escribes en una piedra?

Y el amigo respondió:

- Cuando un gran amigo te ofende, cuando nos enfrentamos por asuntos que no tienen mayor importancia, es mejor escribirlos en la arena, donde el viento del olvido y del perdón se encargarán de borrarlo para siempre. Pero cuando algo grandioso pasa, cuando una persona te brinda su ayuda y arriesga todo por ti, debemos grabarlo en la piedra, donde ni el viento, ni la lluvia, ni el tiempo, jamás podrán borrarlo.

Gentileza de Amalia desde Neuquen




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