Frase
“El que se ahoga, no repara en lo que se agarra.”
José de San Martín
La sencillez combina la dulzura y la sabiduría. Es claridad en la mente e intelecto. Los que personifican la sencillez están libres de pensamientos extenuantes, complicados y extraños.
El intelecto es agudo y despierto. La sencillez invoca al instinto, la intuición y el discernimiento para crear pensamientos con esencia y sentimientos de empatía.
En la sencillez hay altruismo, el que personifica esa virtud ha renunciado la posesividad y está libre de los deseos materiales que distraen el intelecto haciéndolo divagar hacia territorios inútiles.
Carecer de deseos no significa arreglárselas sin nada. Al contrario, uno lo tiene todo, incluyendo la satisfacción interna. Esto se refleja en el rostro —libre de perturbaciones, debilidades e ira— y en la conducta, con una elegancia y una majestad extraordinarias, pero a la vez ingenua.
Sencillez es ser el niño inocente y el maestro sabio. Nos enseña a vivir con sencillez y a pensar de forma elevada.
Las personas que viven con sencillez, generalmente disfrutan de una relación cercana con la naturaleza.
Cuando se observa la ética de la sencillez, casi no hay desperdicio. Todos los recursos se valoran: el tiempo, los pensamientos, las ideas, el conocimiento, el dinero y las materias primas.
De la sencillez surge la generosidad.
La generosidad es compartir con un espíritu altruista los ingresos ganados a pulso. Compartir los propios recursos conjuntamente y de forma cuidadosa es recuperar para las actividades humanas, el sentido de familia.
La sencillez es algo más que ofrecer dinero y posesiones materiales, es dar de uno mismo aquello que no tiene precio: paciencia, amistad y apoyo.
Con el espíritu de dar prioridad a los demás, los que adoptan la sencillez ofrecen su tiempo gratuitamente.
Esto lo hacen con amabilidad, sinceridad, e intenciones puras, sin expectativas ni condiciones. Como resultado, esas personas cosechan frutos abundantes de las semillas que se sembraron con sus acciones generosas.
La sencillez es verdad. La belleza de la verdad es tan sencilla que funciona como la alquimia.
No importa cuántos disfraces se presenten ante ella, la luz de la verdad no puede permanecer escondida; alcanzará a las masas con un lenguaje muy sencillo y al mismo tiempo profundo.
Los mensajeros de la verdad, siempre han personificado formas comunes, han llevado vidas sencillas, y han adoptado medios simples para impartir sus mensajes. Viven y dicen la verdad, ofreciendo belleza a las vidas de los demás.
Su sencillez y esplendor pueden compararse al joyero. Fiel a la integridad de su profesión, el joyero hace todas y cada una de sus joyas preciosas y perfectas, pero él sigue siendo sencillo.
Hoy en día la belleza está definida por las industrias de la moda y la estética, propagada por los ricos y los famosos y aceptada por las masas.
La belleza, sin embargo, no se encuentra sólo en la apariencia, como dice el proverbio. La belleza, en su forma más sencilla, elimina la arrogancia de las ropas caras y de vivir de forma extravagante.
Va más allá del rico y del pobre. Es apreciar las pequeñas cosas de la vida que a veces no son visibles ni aparentes para el resto del mundo.
Sencillez es apreciar la belleza interna y reconocer el valor de todos los actores, incluso del más pobre o desafortunado. Es considerar que todas las tareas, incluso la más humilde, tienen valor y dignidad.
La ética de la sencillez es la precursora del desarrollo sostenible. La sencillez enseña a economizar.
Enseña a investigar gracias al ejemplo de los que son claros y sinceros sobre sus necesidades y viven de acuerdo a ello.
Sencillez es la conciencia que dirige una llamada a la gente para que se replantee sus valores.
La sencillez cuestiona si se nos induce a comprar productos innecesarios. Las incitaciones psicológicas crean necesidades artificiales.
Los deseos estimulados por cosas innecesarias llevan a un conflicto de valores en el que se mezclan la avaricia, el miedo, la presión, y un falso sentido de la identidad.
Cuando se satisfacen las necesidades básicas que permiten un estilo de vida confortable, los extremos y los excesos conducen al derroche y el desperdicio.
Aunque se puede defender este enfoque como la forma de construir ciertas economías, no debe usarse a expensas de precipitar a otras economías a la pobreza extrema.
No debe ser que el sacrificio impuesto sobre algunos proporcione una gran abundancia a otros. ¡Esto no es un principio sino una injusticia!
La sencillez reduce la diferencia entre “lo que tengo” y “lo que me falta” demostrando la lógica de la verdadera economía: ganar, ahorrar, invertir y compartir los sacrificios así como la prosperidad, de manera que pueda haber una mejor calidad de vida para todas las personas, independientemente de donde hayan nacido.
“No ha de maravillarnos que el azar pueda tanto sobre nosotros, desde el momento que vivimos por azar.”
Montaigne
Un dicho popular dice” La vida dura tres días y dos ya han pasado“.
El tiempo pasa tan deprisa a nuestro alrededor, que tan sólo nos damos oportunidad de “sobrevivir”, somos esclavos de la rutina y pasamos cada uno de nuestros días sumergidos en un mar de problemas y de situaciones triviales que pocos momentos libres nos dejan.
A veces dedicamos algunos instantes a recordar cuándo fue la última vez que estando en alguna reunión o simplemente conversando con alguien, hemos escuchado algún comentario que dijera algo tan simple, como, “ayer vi un hermoso atardecer”, o bien, “vi a un grupo de aves volar hacia el sur”, y aun no puedo recordarlo; pensemoslo bien y seguramente es que este tipo de comentarios ya no se escuchan frecuentemente.
Alguno pensará en estos momentos, que esos son comentarios superficiales y de gente que no tiene nada sobre que decir, que mucho mejor sería discutir de temas de actualidad como lo son las crisis económicas en el mundo, o la falta de valores que vive la sociedad. Si bien es cierto que estos son temas de interés para todos, ya que los vivimos 24 horas al día, todos los días, también es cierto, que en el mundo existen muchas cosas más, que valen la pena apreciar pero que por decisión propia o de la misma sociedad nos hemos abstraído de ellas.
Hemos puesto a las personas en un segundo plano, nos hemos vuelto frívolos y egoístas, y sólo nos importa lo que está en “nuestro” mundo y cualquier situación, persona o cosa que no pertenezca a él, no nos importa.
Nos hemos olvidado que somos las personas las que movemos al mundo y no al revés, hemos olvidado el VIVIR para pasar tan sólo a SOBREVIVIR, en un mundo regido por el caos y la complejidad.
Cuantificamos nuestro tiempo en dinero, no nos importa pasar algunas horas extras en nuestro trabajo para ganar una mejor posición en la empresa y sentir que así podemos ganar el mundo, pero nunca nos percatamos que al hacer eso estamos perdiendo cosas tan grandes como: la infancia o adolescencia de nuestros hijos, la oportunidad de disfrutar a nuestros padres o de visitar algún amigo…
Lo más irónico de esto, es que estas cosas que alimentan y engrandecen al ser humano son gratuitas y tan sólo nos cuesta un poco de nuestro tiempo.
Sabemos que es más valioso pasar 30 minutos con nuestros hijos jugando a lo que sea, que pasar tres horas intentando terminar ese proyecto que de cualquier forma lo volveremos a tratar mañana.
Debemos darnos cuenta que cuesta menos tomar el teléfono y hablarle a nuestros padres para preguntarle como amanecieron hoy, a discutir interminablemente con nuestros colegas sobre el futuro de la economía.
Debemos darnos cuenta que es más importante para escuchar los sueños de nuestros amigos, que ver las frivolidades que pasan por la televisión.
¡Debemos darnos cuenta de las cosas que nos hacen sentir vivos! ¡¡¡¡Y que nacimos para VIVIR!!!!
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